Álvaro Miranda
Buitre como seminaristas
lavan sus pecados con murmullos, Cuando sueñan bajan los ojos.
A la hora de comer corren entre álamos como unicornios hambrientos.
Los demonios no pudieron maldecir mi revólver.
Pero confieso -Señor Juez- que para matar el seminarista que llevaba adentro necesité sólo la bendición del espíritu celeste que me cargaba entre sus brazos
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