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jueves, 5 de julio de 2012

Contra Jaime Gil de Biedma

Jaime Gil de Biedma

¿De qué me sirve, quisiera yo saber, cambiar de piso,
dejar atrás un sótano más negro
que mi reputación -ya ya es decir-,
poner bisillos blancos
y tomar criada,
renunciar a la vida de bohemio,
si vienes luego tú, pelmazo,
embarazoso huésped, memo vestido con mis trajes,
zángano de colmena, inútil, cacaseno,
con tus manos lavadas,
a comer en mi plato y a ensuciar la casa?
Te acompañan las barras de los bares
últimos de la noche, los chulos, las floristas,
las calles muertas de la madrugada
y los ascensores de luz amarilla
cuando llegas, borracho,
y te paras a verte en el espejo
la cara destruida,
con ojos todavía violentos
que no quieres cerrar. Y si te increpo,
te ríes, me recuerdas el pasado
y dices que envejezco.
Podría recordarte que ya no tienes gracia.
Que tu estilo casual y que tu desenfado
resultan truculentos
cuando se tienen más de treinta años,
y que tu encantadora
sonrisa de muchacho somnoliento
-seguro de gustar- es un resto penoso,
un intento patético.
Mientras que tu me miras con tus ojos
de verdadero huérfano, y me lloras
y me prometes ya no hacerlo.
¡Si no fueses tan puta!
Y si no supiese, hace ya tiempo,
que tú eres fuerte cuando yo soy débil
y  que eres débil cuando me enfurezco...
De tus regresos guardo una impresión confusa
de pánico, de pena y descontento,
y la desesperanza
y la paciencia y el resentimiento
de volver a sufrir, otra vez más,
la humillación imperdonable,
de la excesiva intimidad.
A duras penas te llevaré a la cama,
como quien va al infierno
para dormir contigo.
Muriendo a cada paso de impotencia,
tropezando con muebles
a tientas, cruzaremos el piso
torpemente abrazados, vacilando
de alcohol y de sollozos reprimidos.
¡Oh innoble servidumbre de amar seres humanos,
y la más innoble
que es amarse a sí mismo!













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