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sábado, 10 de septiembre de 2011

Alexis o el tratado del inútil combate (Fragmentos)

Marguerite Yourcenar

...Durante toda mi vida he pensado que el placer y el sufrimiento son dos sensaciones muy parecidas; supongo que cualquier persona de naturaleza reflexiva pensará igual... Somos todos iguales: le tenemos miedo al drama, pero a veces somos lo bastante románticos para desear que ocurra y nos damos cuenta de que ha empezado ya... La vida no es más que un secreto fisiológico. No veo por qué el placer tiene que ser despreciable por ser sólo una sensación, cuando el dolor también lo es. Respetamos el dolor porque no es voluntario, pero ¿acaso no es una incógnita saber si el placer lo es o si no lo sufrimos también?... La vida es más compleja que todas las definiciones posibles; toda imagen simplificada corre el riesgo de ser grosera. No creas tampoco que apruebo a los poetas para evitar los términos exactos, ya que sólo saben hablar de sueños. Hay mucha verdad en los sueños de los poetas, pero no toda la vida está contenida en ellos. La vida es algo más que la poesía, algo más que la fisiología e incluso que la moral en la que he creído tanto tiempo. Es todo y es mucho más: es la vida. Es nuestro único bien y nuestra única maldición. Vivimos. Cada uno de nosotros tiene su vida particular, única, marcada por todo el pasado sobre el que no tenemos ningún poder y que a su vez nos marca, por poco que sea, todo el porvenir. Nuestra vida. Una vida que sólo a nosotros pertenece, que no viviremos más que una vez y que no estamos seguros de comprender del todo. Y lo que digo aquí sobre una vida "entera", podría decirse en cada momento de ella. Los demás ven nuestra presencia, nuestros ademanes, nuestra manera de formar las palabras con los labios: sólo nosotros podemos ver nuestra vida. Es extraño: la vemos, nos sorprende que sea como es y no podemos hacer nada para cambiarla. Incluso cuando la estamos juzgando estamos perteneciéndole; nuestra aprobación o nuestra censura forman parte de ella; siempre es ella la que se refleja a sí misma. Porque no hay nada más: el mundo sólo existe, para cada uno de nosotros, en la medida en que se confine a nuestra vida. Y los elementos que la componen son inseparables: sé muy bien que los instintos que nos enorgullecen y aquellos que no queremos confesar tienen un origen común. No podríamos suprimir ni uno de ellos sin modificar todos los demás... se necesitan demasiado virtudes para ser capaz de amar... Nada nos acerca tanto a otros como el tener miedo juntos...

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