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jueves, 21 de julio de 2011

El olvido

María Mercedes Carranza

Todo sucede en el oleaje de la memoria:
palabras que fueron dichas pierden su esplendor,
de las sonrisas desaparece esa boca,
el amanecer ocurre todavía pero nadie lo espera ya,
su cuerpo es igual a otro cuerpo,
muere la ausencia ese insaciado apetito que acompaña,
el teléfono no trae su voz y poco importa.
Se apaga la luz que iluminaba la escena
y hacía brillar las mesas y los ojos.
Es el olvido, puerta siempre abierta
que nadie sabe cuándo se atraviesa.
Ocurre un día y comienza entonces el recuerdo,
lenta mirada sobre territorios muertos.

miércoles, 20 de julio de 2011

Amor sin manzana

Yo no me enamoro de una mujer únicamente
cuando estoy seguro de dos cosas: ser inimitable
en hacerla feliz, y en hacerla sufrir.
(Mujeres de poetas)

Gonzalo Arango

No soy codiciosos ni avaro con lo que amo, pues lo que amo no es mío, me lo dio la vida y a la vida tendrá que volver limpio, ennoblecido, para que lo que amé sea más amado por sus futuros amantes. El egoísmo destruye el amor, igual al amante que a lo amado. Sólo la libertad da el justo valor del amor, no su precio. El amor desprecia ser poseído y huye de quien lo toma como dueño. El fin del amor es darse, mas nunca ser tomado. Su única razón de ser es ser en otro ser, libremente.

Como yerba fui

Raúl Gómez Jattin

Como yerba fui y no me fumaron.

jueves, 14 de julio de 2011

Razones del ausente

Darío Jaramillo Agudelo

Si alguien les pregunta por él,
díganle que quizá no vuelva nunca o que si regresa
acaso ya nadie reconozca su rostro; díganle también que no
dejó razones para nadie, que tenía un mensaje secreto, algo
importante qué decirles
pero que lo ha olvidado.
Díganle que ahora está cayendo, de otro modo y en otra
parte del mundo,
díganle que todavía no es feliz,
si esto hace feliz a alguno de ellos; díganle también que se
fue con el corazón vacío y seco

y díganle que eso no importa ni siquiera para la
lástima o el perdón
y que ni él mismo sufre por eso,
que ya no cree en nada ni en nadie y mucho menos en
él mismo, que tantas cosas vio
apagaron su mirada y ahora, ciego, necesita del tacto,
díganle que alguna vez tuvo un leve rescoldo de fe en Dios,
en un día de sol, díganle que hubo palabras
que le hicieron creer en el amor y luego supo que el amor
dura lo que dura una palabra.
Díganle que como un globo de aire perforado a tiros, su
alma fue cayendo hasta el infierno que lo vive y que ni
siquiera está desesperado y díganle que a veces piensa
que esa clama inexorable es su castigo; díganle que ignora
cuál es su pecado y que la culpa que lo arrastra por el mundo
la considera apenas otro dato del problema
y díganle que en ciertas noches de insomnio y aún en otras
en que cree haber soñado,
teme que acaso la culpa sea la única parte de sí mismo que
le queda y díganle que en ciertas mañanas de luz
y en medio de tardes de piadosa lujuria y también borracho
de vino en noches de lluvia
siente cierta alegría pueril por su inocencia y díganle que en
esas ocasiones dichosas habla a solas.
Díganle que si alguna vez regresa, volverá con dos cerezas
en sus ojos
y una planta de moras sembrada en su estómago y una
serpiente enroscada en su cuello
y tampoco esperará nada de nadie y se ganará la vida
honradamente,
de adivino, leyendo cartas y celebrando extrañas
ceremonias en las que no creerá y díganle que se llevó
consigo algunas supersticiones, tres fetiches,
ciertas complicidades mal entendidas y el recuerdo de dos
o tres rostros
que siempre vuelven a él en la oscuridad y nada.

Sé que estoy vivo

Jorge Gaitán Durán

Sé que estoy vivo en este bello día
acostado contigo. Es el verano.
Acaloradas frutas en tu mano
vierten su espeso olor al mediodía.

Antes de aquí tendernos ni existía
este mundo radiante. ¡Nunca en vano
al deseo arrancamos el humano
amor que a las estrellas desafía!

Hacia el azul del mar corro desnudo.
Vuelvo a ti como al sol y en ti me anudo;
nazco en el esplendor de conocerte.

Siento el sudor ligero de la siesta.
Bebemos vino rojo. Esta es la fiesta
en que más recordamos a la muerte.

miércoles, 13 de julio de 2011

Nocturno

José Asunción Silva
Una noche,
una noche toda llena de perfumes, de murmullos y de música de alas,
una noche,
en que ardían en la sombra nupcial y húmeda, las luciérnagas fantásticas,
a mi lado, lentamente, contra mí ceñida, toda muda y pálida
como si un presentimiento de amarguras infinitas
hasta el fondo más secreto de tus fibras te agitara,
por la senda que atraviesa la llanura florecida
caminabas,
y la luna llena
por los cielos azulosos, infinitos y profundos esparcía su luz blanca,
y tu sombra,
fina y lánguida,
y mi sombra
por los rayos de la luna proyectadas,
sobre las arenas tristes
de la senda se juntaban
y eran una
y eran una
¡Y eran una sola sombra larga!
¡Y eran una sola sombra larga!
¡Y eran una sola sombra larga!

Esta noche
solo, el alma
llena de infinitas amarguras y agonías de tu muerte,
separado de ti misma, por la sombra, por el tiempo y la distancia,
por el infinito negro
donde nuestra voz no alcanza,
solo y mudo
por la senda caminaba,
y se oían los ladridos de los perros a la luna,
a una luna pálida,
y el chillido
de las ranas...
Sentí frío; ¡era el frío que tenían en tu alcoba
tus mejillas y tus sienes y tus manos adoradas,
entre las blancuras níveas
de las mortuorias sábanas!
Era el frío del sepulcro, era el frío de la muerte,
era el frío de la nada...
Y mi sombra
por los rayos de la luna proyectada,
iba sola
iba sola
¡iba sola por la estepa solitaria!
Y tu sombra esbelta y ágil,
fina y lánguida,
como es noche tibia de la muerta primavera,
como esa noche llena de perfumes, de murmullos y de música de alas,
se acercó y marchó con ella,
se acercó y marchó con ella,
se acercó y marchó con ella... ¡Oh las sombras enlazadas!
¡Oh las sombras de los cuerpos que se juntan con las sombras de las almas!
¡Oh las sombras de los cuerpos que se buscan y se juntan en las noches de negruras y de lágrimas!...

Lamentación de Octubre

Porfirio Barba Jacob

Yo no sabía que el azul mañana
es vago espectro del brumoso ayer;
que agitado por soplos de centurias
el corazón anhela arder, arder.
Siento su influjo, y su latencia, y cuando
quiere sus luminarias encender.

Pero la vida está llamando,
y ya no es hora de aprender.

Yo no sabía que tu sol, ternura,
da al cielo de los niños rosicler,
y que, bajo el laurel, el héroe rudo
algo de niño tiene que tener.
¡Oh, quien pudiera de niñez temblando,
a un alba de inocencia renacer!

Pero la vida está llamando,
y ya no es hora de aprender.

Yo no sabía que la paz profunda
del afecto, los lirios del placer,
la magnolia de luz de la energía,
lleva en su blando seno la mujer.
Mi sien rendida en ese seno blando,
un hombre de verdad pudiera ser...

¡Pero la vida está llamando,
y ya no es hora de aprender!